Los tucumanos tiene una gran tradición cafetera y los lugares donde se puede tomar café pasan a ser patrimonio de los concurrentes. Nuestra provincia tiene a lo largo de su historia varios bares emblemáticos que dieron cobijo a personalidades de la cultura, el arte, la ciencia, políticos y al ciudadano de a pie. Algunos nombres quedan en la memoria de muchos. Hablar de La Carpa y La Ruletita, es hablar de bares que le dieron personalidad a la zona del casino. En esta misma zona no podemos olvidar a Mi Abuela, Punto y Banca o Amín. La Cosechera era otro bar identificado con la bohemia, los artistas y los periodistas que se juntaban a esperar la edición de nuestro diario. El Central, en 25 de Mayo y Córdoba, cita obligada de muchas familias.
En esta oportunidad vamos a hablar del Café España ubicado frente a la plaza Independencia, sobre calle 24 de Septiembre. Según nuestro diario del 30 de octubre de 1950, que anunciaba el cierre, “el viejo café es un capítulo apasionado de nuestra historia cívica. No se puede hablar de él sin asociar su recuerdo al de muchas personas que le dieron con su presencia animación y vida. No todos ellos pudieron asistir al cierre de sus puertas. Muchos de ellos desaparecieron, pero aún existen algunos para atestiguar que el cierre de un café como el España, tiene la extraordinaria significación de una pérdida que afecta al patrimonio colectivo de la ciudad. Porque el viejo España había trascendido el concepto limitado y anacrónico de la propiedad privada para transformarse en una realidad en cuya esencia íntima se descubren resonancias del pasado, aliento de historia contemporánea, pujanza del presente y estremecimiento de futuro en perspectiva de esperanza”.
Principios del siglo XX
El café España nació en los albores del siglo pasado, y al poco tiempo los parroquianos lo adoptaron como centro de reunión. Era inaceptable que alguna iniciativa política no se discutiera en ese bar; y también actuaba como imán de grandes personajes de la cultura ciudadana, que religiosamente se daban cita para el disfrute y el desgrane de las horas.
En aquella crónica de 1950 se expresaba que “en Tucumán no se podía ser político sin frecuentar el España” y agregaba que “era, en nuestro ambiente, un clásico mentidero político. La nota discordante la daban los literatos, los poetas, los artistas; porque el España era típicamente un café político”.
En cuanto al cierre y su transformación edilicia “la ciudad ha ganado un negocio común pero ha perdido la caja de resonancia más precisa, el lugar en que la tertulia tenía categoría de tribuna política, la cátedra política, social, económica e ideológica que hacían a la estabilidad y al perfeccionamiento de nuestras instituciones democráticas”.
Retrato del café
Quien retrató el ambiente del España en los años 20 del siglo pasado fue el poeta monterizo Maximiliano Márquez Alurralde, quien en su libro “Pájaro de luna”, publicó una carta dirigida al doctor Ricardo Casterán -en agosto de 1952-, donde evocaba a los habitués del bar. “Por allá, en una mesa de jóvenes poetas, estaban Eduardo de la Vega Colombres, joven de exquisito espíritu; Carlos Cossio, entonces filósofo en ciernes y enamorado del arte; don José Luis Torres, periodista de ‘El Orden’ quien, justo a las tres de la mañana, se incorporaba de súbito y decía: ‘muchachos, huyo hacia occidente, donde la vegetación es mucho más frondosa’; también se veía al joven escritor Roberto Murga; al ‘Pelao’ Ramírez, estupendo contador de cuentos y escriba del ‘Norte Argentino’; al ‘Bigote’ Viaña, y otros buenos contertulios, ingeniosos y líricos”. A la mágica aureola del café España también la componían otros disímiles personajes, como el caricaturista Benetti; el gran periodista Berón de Astrada; o el doctor Celedonio Gutiérrez, quien ocupaba un espacio para adoctrinar a los discípulos del Partido Radical.
El poeta expresaba que “más aquí o más allá, en ese refugio deleitoso del España todo era sueño de mundo, como si fuera un rincón amable de París. Los había quienes no eran ni artistas, ni poetas, ni políticos, pero en el ambiente todos se transformaban en sacerdotes de la divina armonía”.
Según consigna Carlos Paz, en su nota “Olvidada sucursal de La Cosechera”, “Cuando en octubre de 1950 terminó el ciclo del Café España, muchos de sus habitués intentaron rehacer sus viejas ruedas en La Cosechera Nueva, pero resultó imposible porque los “climas” no eran iguales; sólo eran parecidos”. Al hacer referencia a “La Cosechera nueva” habla de la segunda sucursal de aquel tradicional establecimiento que inició sus actividades en 1907 en la esquina de Junín y San Martín y que para su 25 aniversario abrió la segunda en la calle San Martín 629.
El bar frente a la plaza era considerado un bar de política. Por sus mesas pasaron “los hombres de mayor gravitación en la actividad política”. Y la crónica explicaba que “no se concebía que hubiese un ciudadano con preocupaciones políticas, que al mismo tiempo no fuese habitué del viejo café” y agregaba que en su ambiente siempre cálido y cordial, se incubaron candidaturas, se exaltaron o se destruyeron iniciativas destinadas a acelerar el proceso social y económico, se manifestaron las inquietudes más dispares en relación con la actualidad nacional y provinciana”.
Melancolía
El viejo café fue arrastrado por algo desconcertante que llamamos “progreso”, pero dejó una larga estela de melancolía, que siempre retorna; y se refleja, transformada -en nuestros días-, en otros sitios que albergan almas similares.
Por aquellos años en Tucumán no se podía hablar de política “sin frecuentar el café España”. La ciudad según los cronistas conocía a los “hombres consagrados a la política” en los animados debates que se desarrollaban en el establecimiento. “Gobernadores, senadores nacionales, ministros, diputados y altos funcionarios de la administración pública” pasaron por sus mesas, continuaba el artículo, cual necrológica recuento de la historia del café.
La trascendencia del café para los tucumanos viene de lejos y ella puede ser leía a través de la cantidad de establecimientos que hubo y hay para consumirlo con amigos, con familiares, solo o en grupo. Además podemos decir que la segunda máquina de café expreso que llegó a la Argentina en 1913 se instaló en el Jardín de la República. El aparato fue traído hasta aquí por Santiago Sanz, propietario de la confitería “El buen gusto”, ubicada en 9 de Julio primera cuadra, quien “ha invertido un capital nada despreciable”. El valor anunciado por aquellos años era de “tres mil pesos”. Para tener algunas referencias, nuestro diario salía 10 centavos y un automóvil, alrededor de 6.500 pesos. De acuerdo con aquella noticia, la primera cafetera del país se instaló en Buenos Aires en un negocio de avenida de Mayo 835, “donde funciona con éxito insuperable”.
Gobernadores, diputados o ministros se daban cita en el bar de frente a la plaza Independencia